Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. - Lucas 2:11-12. Otrora el profeta Isaías había pedido a Dios: “¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras…!” Hace unos 2000 años Dios bajó realmente, pero no como el profeta lo había deseado: “como fuego abrasador” (64:1-12), o como aguas hirvientes para que las naciones temblaran ante su presencia. Más bien, respondió esa petición a su manera y según su propio corazón, a fin de atraer las almas admiradas por la gracia y el amor de Dios. La respuesta divina a la petición del profeta reza: “Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre”.
Sí, Dios se hizo hombre, pero no nació en Roma, la capital del Imperio, ni en la ciudad real de Jerusalén, sino en una insignificante aldea: Belén. Ni siquiera nació en la modesta posada de ese pequeño pueblo: “No había lugar para ellos en el mesón”. Aquel cuyas “salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Miqueas 5:2), fue acostado en un pesebre.
La encarnación del Hijo de Dios es un milagro sumamente grande, al que sólo podemos contemplar con asombrada adoración. El modo en que se efectuó la encarnación es tan maravilloso como el hecho en sí. Él, quien es el Dios eterno, se hizo hombre y vivió en la pobreza para revelarnos a Dios el Padre en su vida. Su abnegada entrega y perfecta obediencia lo llevaron finalmente a morir en la cruz para cumplir la obra de redención a favor de los seres humanos, pecadores y perdidos.

